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Isabela, Puerto Rico  

Domingo, 25 de enero de 2004 /  Actualizado: 12:20  p.m.

 Año III / Número 4

 

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La Nación



Por un país normal

Por Fernando Martín García
Candidato Alcalde en San Juan 
Partido Independentista Puertorriqueño



Constituye un lugar común señalar que el problema del status político está en la raíz de una gran parte de los problemas económicos y sociales más importantes de Puerto Rico. Ello es indudablemente cierto aunque los diferentes sectores políticos del país discrepen en cuanto a cual cambio en el status actual resultaría ser la mejor solución para afrontar dichos problemas. Los independentistas creemos que el camino es la soberanía plena para Puerto Rico, los anexionistas confían que la solución es la igualdad jurídica con los estados de la Unión, y los estadolibristas cifran sus esperanzas en ponerle fin al "déficit democrático" del ELA a través de una nueva fórmula de asociación con los Estados Unidos.

Lo que pasa desapercibido, sin embargo, es que el no haber resuelto de manera definitiva nuestro status político es igualmente la causa de muchos de nuestros más apremiantes problemas en un sentido completamente diferente al que he planteado en el párrafo anterior. Me refiero a que una de las principales consecuencias de la persistencia indefinida del colonialismo es que los principales partidos políticos en Puerto Rico se han organizado en torno fundamentalmente a sus respuestas al tema del status político. Tan solo el PIP, por su ideario social demócrata, puede decir que además de favorecer un particular status político es además un partido comprometido con una filosofía coherente de gobierno y administración pública. Tanto el PNP como el PPD, por otro lado, son partidos eclécticos y heterogéneos ideológicamente cuyos miembros y simpatizantes tienen en común entre sí tan solo sus preferencias respectivas sobre status; los estadistas son del PNP y los estadolibristas del! PPD.

Estoy consciente de que lo anterior no describe a la totalidad de los puertorriqueños pero sí a una mayoría tan grande que son esas preferencias de status los determinantes más importantes de nuestra estructura partidista y, por ende, del resultado de las elecciones. Nada de raro o de malo tiene que en un país colonial de status final indefinido las diferentes opciones de futuro sean el eje central de sus movimientos políticos. Al contrario, ello es el reflejo de la importancia prioritaria y crucial que tiene resolver de una vez y para siempre el tema de la condición política fundamental de nuestro pueblo.

La trágica ironía, sin embargo, está a la vista de todos: a pesar de que tanto el PNP como el PPD invocan la importancia de resolver el problema del status, y reclaman el apoyo de sus compañeros "en el ideal" para subir al poder, una vez llegan al gobierno hacen uso de cualquier pretexto para no actuar sobre el status o para hacerlo tan solo con ineficaz timidez.

El gran daño al país no se limita a que ni el PNP ni el PPD han tomado acción efectiva --desde el poder-- para poner en marcha nuestra descolonización sino que además, al dividir en dos bandos partidistas a los estadistas por un lado y a los estadolibristas por el otro, han condenado al país a la posposición indefinida de la discusión de los más importantes temas de gobierno y administración.

En un país normal y maduro donde el tema de status está resuelto las divisiones en partidos políticos responden a diferentes visiones filosóficas sobre el rol del estado en la vida del país y sobre la naturaleza de la sociedad. Con toda seguridad habría un partido conservador, quizás un partido de centro, y también un partido socialista o social demócrata. La oferta electoral de cada uno de ellos respondería a su posición ideológica. El partido conservador, por ejemplo, favorecería la privatización, un rol reducido del estado, un sistema contributivo que gravara el consumo, y desalentaría el sindicalismo. El partido social demócrata por su lado sería un opositor de la privatización, favorecería un rol activo del estado en la vida económica y social, abogaría por un sistema contributivo que gravara el ingreso y la riqueza, y promovería el sindicalismo. Independientemente de cual oferta usted favorezca lo cierto es que cualquiera de ellas que prevaleciera en las urnas constituiría un mandato real y coherente para administrar el país. Nada más lejos de la verdad en el Puerto Rico colonial. Aquí los que favorecen la privatización están divididos entre el PPD y el PNP. Igualmente puede decirse de los que favorecen cierto tipo de sistema contributivo o los que se oponen al desarrollo del sindicalismo. Siendo ello así, ninguno de estos temas (ni otros igualmente importantes) pueden ser temas reales de campaña en Puerto Rico por parte de rojos ni azules pues ninguno de esos dos partidos se define con referencia a una ideología que no sea la mera preferencia de status entre el ELA y la estadidad.

La consecuencia fatal es que ni los unos ni los otros vienen al poder con un mandato coherente o con propuestas fundamentales y radicales para atacar nuestros graves problemas económicas y sociales. Tan solo el PIP --lastrado electoralmente por insistir en la independencia en una colonia dependiente-- hace un heroico esfuerzo por proponer un plan de gobierno coherente y homogéneo sin que ello le reste un solo esfuerzo a su cometido principal que es promover las condiciones que hagan posible la descolonización y la independencia. En un gobierno del PPD o del PNP los más conservadores neutralizan a los más liberales resultando en administraciones inocuas carentes de iniciativa y creatividad. Por eso es que siempre resultan en más de lo mismo.

Resulta obvio que la solución a nuestra falta de normalidad política no yace en abandonar el tema del status a la vera del camino para realinear al electorado conforme a su ideología social y económica, eso sería ignorar las aplastantes limitaciones del coloniaje. Donde sí está la clave, es en darle a la solución del status la verdadera y auténtica prioridad que se merece. Hasta que no lo hagamos --y el PIP esta comprometido a ello-- Puerto Rico no será un país normal y los malos gobiernos, incoherentes y superficiales en sus enfoques administrativos, se sucederán con la misma pasmosa regularidad a que estamos acostumbrados.

Resumo lo dicho afirmando que no solo es que el problema del status está en la raíz de nuestros problemas económicos y sociales más fundamentales sino que no resolver el problema del status es, a su vez, la principal causa de nuestros malos gobiernos. El país tiene la palabra.


 

 

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